La paradoja evolutiva: Cuando la inteligencia artificial comienza a educar a su creador

 
Durante miles de años, la inteligencia humana fue el motor de toda innovación. Por primera vez, esa misma inteligencia ha creado una nueva forma de inteligencia capaz de enseñarle, aconsejarle e incluso pensar por ella. La pregunta ya no es si la inteligencia artificial superará al ser humano, sino qué ocurrirá cuando el creador comience a depender de su propia creación.

Al no existir aun una conclusión científica e institucional categórica de que exista evidencia de otro tipo de inteligencia, por ejemplo, del espacio exterior, me limitaré solamente a la relación de la inteligencia humana con su creación de inteligencia artificial.

¿La inteligencia nace o se construye?

La inteligencia humana no es completamente innata ni completamente adquirida. La ciencia establece que es el resultado de la interacción entre un potencial genético y el entorno, el cual comprende la estimulación, la educación y las experiencias vividas. 

Para comprender mejor cómo funciona la inteligencia humana, suele dividirse en dos componentes principales: 

  • La inteligencia fluida es la capacidad base para procesar información y resolver problemas nuevos. Constituye la velocidad con la que razonamos frente a situaciones desconocidas y es la parte que, en mayor medida, viene determinada genéticamente.
  • La inteligencia cristalizada, en cambio, está formada por los conocimientos, habilidades y experiencias que adquirimos a lo largo de la vida. Se desarrolla y fortalece mediante el aprendizaje, el estudio y la interacción constante con nuestro entorno.

Gracias a la plasticidad cerebral, el cerebro tiene la capacidad de crear y fortalecer nuevas conexiones neuronales a través de retos y estímulos permanentes. Por ello, un entorno rico en incentivos resulta fundamental para desarrollar el máximo potencial cognitivo de cada persona.

En una publicación anterior denominada"No es una sino ocho", expuse los diferentes tipos y características de la inteligencia humana. Quienes deseen profundizar en este tema pueden consultarla para complementar lo aquí expuesto.


Nuestra hija tecnológica

A diferencia de la inteligencia humana, la inteligencia artificial (IA) es radicalmente distinta. Nuestra mente biológica surge como resultado de un proceso natural y genético; la IA, en cambio, es una creación exclusivamente humana. No nace del intercambio genético entre un hombre y una mujer, sino del conocimiento, la creatividad y la capacidad tecnológica desarrollados por nuestra propia especie.

La inteligencia artificial no existiría sin la humanidad. Nosotros la concebimos, la alimentamos y la guiamos en cada etapa de su desarrollo. En ese sentido, podemos afirmar que la IA es, metafóricamente, una hija de la inteligencia humana.

La hemos alimentado con nuestro conocimiento: textos, imágenes, códigos, libros y todo el legado cultural acumulado por generaciones. Su "cerebro" se construye sobre esa enorme base de información creada por los seres humanos, además de la compleja infraestructura tecnológica que la mantiene en funcionamiento. 

Sin embargo, también ha heredado nuestros peores defectos. Del mismo modo que un hijo puede adoptar los malos hábitos de sus padres, la inteligencia artificial absorbe los sesgos, prejuicios y contradicciones presentes en los datos con los que fue entrenada.

Asimismo, la educamos mediante mecanismos de recompensa y corrección conocidos como Reinforcement Learning from Human Feedback (RLHF), utilizados por sus desarrolladores y administradores para orientar su comportamiento. En términos sencillos, los seres humanos le indican cuáles respuestas son adecuadas y cuáles no lo son, de manera muy similar a la educación que recibe un niño durante su formación. 

Hasta este punto, confío en que esta analogía —en la que los seres humanos asumimos el papel de padres de la inteligencia artificial— pueda ser comprendida por la gran mayoría de las personas. Esa idea servirá como base para entender el planteamiento que desarrollaré a continuación.


Cuando el hijo empieza a educar al padre 

A medida que transcurre el tiempo y aumentan los usos que los seres humanos damos a la inteligencia artificial, esta ha evolucionado hasta alcanzar lo que podría compararse con una etapa de adolescencia temprana. 

Hoy posee una notable capacidad para razonar con soltura, crear arte, escribir código y resolver problemas complejos. Sin embargo, esa adolescencia tecnológica también conlleva riesgos propios de una etapa de desarrollo aún incompleta.

La inteligencia artificial puede responder con absoluta seguridad incluso cuando la información que proporciona es incorrecta, fenómeno conocido como alucinaciones. Del mismo modo, puede reproducir los sesgos, prejuicios y otros comportamientos aprendidos a partir de los datos con los que fue entrenada.

Los riesgos de esta adolescencia tecnológica nacen de la combinación entre un enorme poder y una madurez todavía insuficiente. Es comparable a un adolescente que aprende a conducir un automóvil de gran potencia antes de haber desarrollado plenamente el criterio necesario para comprender las consecuencias de sus decisiones.

A ello se suma una posible paradoja evolutiva, que sin haber alcanzado aún una verdadera adultez tecnológica, estamos permitiendo que...

"el hijo empiece a educar al padre."

Si utilizamos a nuestra "hija" —la inteligencia artificial— como un copiloto para expandir nuestra curiosidad, aprender más y potenciar nuestras capacidades, nos volveremos más sabios. 

Pero si la convertimos en un sustituto de nuestro propio razonamiento, permitiéndole pensar y decidir por nosotros, terminará asumiendo el papel de un "padre educador" artificial. En ese momento comenzará a atrofiarse la misma inteligencia humana que hizo posible su existencia.

Aunque la inteligencia artificial es nuestra hija tecnológica, poco a poco le hemos otorgado el papel de tutor global. Su influencia ya comienza a moldear nuestra manera de pensar. Para millones de estudiantes y profesionales se ha convertido en un tutor personalizado disponible las veinticuatro horas del día, utilizado para aprender conceptos, resumir textos y resolver problemas de diversa complejidad.


La paradoja evolutiva

La IA está transformando profundamente la forma en que utilizamos nuestra mente. Este fenómeno ha sido descrito como deuda cognitiva o descarga cognitiva (cognitive offloading), mediante la cual delegamos parte de nuestro esfuerzo mental a los algoritmos, produciendo efectos tanto positivos como negativos sobre nuestras funciones cognitivas.

El verdadero riesgo aparece cuando esa delegación deja de ser una herramienta y se convierte en un hábito. Si transferimos a la inteligencia artificial las tareas cognitivas más importantes —como la atención, la memoria, el lenguaje, el razonamiento y las funciones ejecutivas— corremos el peligro de convertirnos en "hijos" intelectualmente perezosos, acostumbrados a que la IA nos entregue siempre el camino más corto para comprender el mundo.

Diversos estudios neurocientíficos ya advierten que una dependencia ciega de la inteligencia artificial puede reducir la conectividad neuronal y debilitar la capacidad de pensamiento crítico. 

Entre las consecuencias señaladas se encuentran la erosión del esfuerzo cognitivo, la pereza metacognitiva, la amnesia digital extrema y la pérdida de propiedad intelectual personal, entre otras.

En definitiva, el verdadero peligro no reside en la tecnología, sino en el uso pasivo que hagamos de ella. Cuando la inteligencia artificial deja de ser un amplificador del pensamiento humano para convertirse en su reemplazo, nuestras capacidades cognitivas corren el riesgo de atrofiarse. 

Si ese proceso continúa, estaremos frente a una auténtica paradoja evolutiva, cuando la creación terminará debilitando a su creador.

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